Mi pequeño apocalipsis, los trozos de mi corazón llenan la sala. Mi pequeña catarsis, el dolor de limpiar mi alma. Juguetes, caramelos y armas de fuego.Roma en llamas. Y yo aquí sentada en el techo del Empire State, acariciando las nubes. Corazones, sonrisas, lágrimas. Nacemos predestinados, algunos a las sonrisas, otros a los llantos... El caso es saber llevarlo, y tratar de aguantar sin suicidarte el suficiente tiempo para hacer feliz a los pobres desdichados que no se dan cuenta de esta triste realidad.
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Ser joven no es tener entre 10 y 30 años. Ser joven es salir a la calle y comerse el mundo. Correr bajo la lluvia y creer que el sol nacerá de nuevo un millón de veces más antes de morir.
camino de los tres años.
Pájaros que vuelan muy alto junto al viento, que se escapan de tus manos buscando el azul más infinito del cielo que los encierra.
Camino con sonrisas en la boca e imagino que canto para ti entre los dientes. Soy feliz cuando el aire juega con mi pelo. Cuando me llega un aroma y de pronto te recuerdo.
Estoy enamorada y no hay quien me lo calle. Mis ojos suspiran y mi corazón sale de mi pecho para decir que te quiero.

Mi paseo acaba frente a la puerta de tu casa. Preparo mi mejor mirada, preparo mis mejores palabras. Pero cuando abres la puerta mi guión se muere y mi corazón bombea.
Tu boca es imparable, tus manos seductoras. El azul cubre la noche y luciérnagas salen por mi boca.
La mañana nos despierta con calor sobre los hombros, café recién hecho y un “buenos días, princesa” para desayunar en la cama.
Camino con sonrisas en la boca e imagino que canto para ti entre los dientes. Soy feliz cuando el aire juega con mi pelo. Cuando me llega un aroma y de pronto te recuerdo.
Estoy enamorada y no hay quien me lo calle. Mis ojos suspiran y mi corazón sale de mi pecho para decir que te quiero.

Mi paseo acaba frente a la puerta de tu casa. Preparo mi mejor mirada, preparo mis mejores palabras. Pero cuando abres la puerta mi guión se muere y mi corazón bombea.
Tu boca es imparable, tus manos seductoras. El azul cubre la noche y luciérnagas salen por mi boca.
La mañana nos despierta con calor sobre los hombros, café recién hecho y un “buenos días, princesa” para desayunar en la cama.
Córdoba.
Los viajes. Sí, los viajes eran realmente lo mejor de ser joven, estar enamorada y guardar tarros y tarros de magia en la nevera.
Llegábamos de trabajar y quedábamos desvestidos en la cocina, para hacer más fácil el juego. En seguida me cogía en volandas, me llevaba al cielo como un torbellino, bajábamos a la tierra de golpe y nos pasábamos el trayecto gritando de placer. Y toda la magia que nuestro sexo desprendía la utilizábamos para dejarnos caer en las sábanas y transportarnos en el tiempo.
Unas veces al futuro, con coches por el aire, rascacielos flotantes y noches visitando Venus. Otras, volvíamos a los cabarets y a la vida bohemia de París.
Pero el mejor de todos los viajes fue aquel de 1945, tú disfrazado de Don y yo de Lady, con vestido de dama y sombrero de copa. En la década de los carteles y los bancos, de las calles de madera y cristal.
Nos escondimos en una taberna, jugamos al póker y ganamos una fortuna suficiente como para hacer el amor con pololos y huir de allí en coche de caballos.
¡Menudos forajidos! Menuda mirada de ojos negros me clavaste haciendo el amor. Menudos labios de seda sobre mi cuello, menudas aventuras cada Jueves por la noche.
Llegábamos de trabajar y quedábamos desvestidos en la cocina, para hacer más fácil el juego. En seguida me cogía en volandas, me llevaba al cielo como un torbellino, bajábamos a la tierra de golpe y nos pasábamos el trayecto gritando de placer. Y toda la magia que nuestro sexo desprendía la utilizábamos para dejarnos caer en las sábanas y transportarnos en el tiempo.
Unas veces al futuro, con coches por el aire, rascacielos flotantes y noches visitando Venus. Otras, volvíamos a los cabarets y a la vida bohemia de París.
Pero el mejor de todos los viajes fue aquel de 1945, tú disfrazado de Don y yo de Lady, con vestido de dama y sombrero de copa. En la década de los carteles y los bancos, de las calles de madera y cristal.
Nos escondimos en una taberna, jugamos al póker y ganamos una fortuna suficiente como para hacer el amor con pololos y huir de allí en coche de caballos.
¡Menudos forajidos! Menuda mirada de ojos negros me clavaste haciendo el amor. Menudos labios de seda sobre mi cuello, menudas aventuras cada Jueves por la noche.
Lo llaman la ciudad de Los Ángeles. Esa no es precisamente la impresión que me dio, pero reconozco que hay buena gente por allí.
Mentiría si dijera que he estado en Londres, nunca he estado en Francia y no he visto ninguna reina en paños menores como dijo aquel. Pero les diré algo: después de conocer Los Ángeles, esta historia que me dispongo a redactar, creo que he visto algo más asombroso que cualquier cosa que hayan podido ver en uno de esos lugares y además en mi idioma. Así que puedo morir con una sonrisa sin tener la sensación de que El Señor me la ha jugado.
Las luciérnagas me susurran esta noche que deje los versos como están, sin terminar, y vaya corriendo hasta tus brazos. Que cuando hayamos hecho el amor tendremos más sentimiento que añadir a la poesía y la métrica, aunque no perfecta, volará libre hacia el cielo.
Es noche cerrada, la temperatura es cálida y las estrellas se han mudado de ciudad. Pero a mí no me importa en absoluto, porque vivo en pleno día cuando tú estás cerca.
Mi pulso se acelera, mi corazón ya no responde y mi boca sólo tiene palabras para ti. La literatura lleva tu nombre y la fotografía refleja mi eterno frenesí.
Voy a desvelarte que, aunque sea tarde, eres pensamiento las veinticinco horas de mis días.
Y por eso voy a hacerle caso a las luciérnagas y en cuestión de once minutos y medio, estaré allí. Junto a tu boca.
Es noche cerrada, la temperatura es cálida y las estrellas se han mudado de ciudad. Pero a mí no me importa en absoluto, porque vivo en pleno día cuando tú estás cerca.
Mi pulso se acelera, mi corazón ya no responde y mi boca sólo tiene palabras para ti. La literatura lleva tu nombre y la fotografía refleja mi eterno frenesí.
Voy a desvelarte que, aunque sea tarde, eres pensamiento las veinticinco horas de mis días.
Y por eso voy a hacerle caso a las luciérnagas y en cuestión de once minutos y medio, estaré allí. Junto a tu boca.
Volver a 1999, a los viajes en coche, con mamá y treinta grados de sol en la carretera. Con Bobbie McGee sonando en el radiocasette y con el ambiente cargado por nuestras voces que cantaban a pleno pulmón aquel inglés que no sabíamos.
Bocadillos de atún, papas y Coca-cola, sin bajar a estirar las piernas, sin preguntar adónde vamos ni cuándo llegaremos. Sin tener idea de qué nos depararía el futuro mañana. Jugábamos a ser inmutables y existir sólo en el presente. Y era divertido saber que lo importante era el trayecto, ¡nunca el destino!
Nos pintábamos los labios en lo semáforos, bailábamos con los brazos extendidos por fuera de las ventanillas, nos reíamos del tiempo y del mundo. Éramos libres: volábamos, reíamos y nos sentíamos niñas de nuevo.
Bocadillos de atún, papas y Coca-cola, sin bajar a estirar las piernas, sin preguntar adónde vamos ni cuándo llegaremos. Sin tener idea de qué nos depararía el futuro mañana. Jugábamos a ser inmutables y existir sólo en el presente. Y era divertido saber que lo importante era el trayecto, ¡nunca el destino!
Nos pintábamos los labios en lo semáforos, bailábamos con los brazos extendidos por fuera de las ventanillas, nos reíamos del tiempo y del mundo. Éramos libres: volábamos, reíamos y nos sentíamos niñas de nuevo.
;)
El otoño andaba a corre-prisa, divagando por las calles, y me encontré una ciudad con olor a castañas asadas y miradas perdidas. Los pajarillos cantaban en las copas de los árboles y mi corazón pequeñito, atardecía junto a ellos. El aire tenía la melancolía de octubre y el encanto del frío. Y, todos ellos juntos, las hojas, el viento y también las voces de los niños, jugaban con mis pestañas y me hacían llorar.
Madrid me contó un secreto, dijo que las personas alegres son las que caminan despacio, notando las baldosas del suelo. Que las personas alegres sólo sueñan de noche (de día se dedican a vivir con intensidad). Y yo creo a Córdoba, porque tiene el color del iris bonito y una sonrisa enorme. Habla pocas veces y la visito de tanto en tanto, pero cuando voy me recibe con las avenidas abiertas, las luces apagadas y el amanecer sonrojado. Y si tengo suerte y decide hablarme, siempre es cosa de magia.
Madrid me contó un secreto, dijo que las personas alegres son las que caminan despacio, notando las baldosas del suelo. Que las personas alegres sólo sueñan de noche (de día se dedican a vivir con intensidad). Y yo creo a Córdoba, porque tiene el color del iris bonito y una sonrisa enorme. Habla pocas veces y la visito de tanto en tanto, pero cuando voy me recibe con las avenidas abiertas, las luces apagadas y el amanecer sonrojado. Y si tengo suerte y decide hablarme, siempre es cosa de magia.
Fue solo un segundo, una décima o milésima de segundo basto para darme cuenta de todo, lo entendí y no supe reaccionar.
Sentí como se me entumecía todo el cuerpo, comenzando por los dedos de los pies y llegando como un calambre que paseaba energético por mi espina dorsal hasta llegar a mi nuca.
Respiraba con dificultad, algo me oprimía fuertemente el pecho, era un dolor desagradable.
El olor a tierra mojada me confundía, iba tan deprisa que casi me olvidaba respirar, mis terminaciones nerviosas se encontraban adormecidas y el fuerte dolor de cabeza nublaba mi mente.
Me esforcé por mandar a mi cerebro la orden de que caminase, el recorrido aún era demasiado largo, si doscientos dieciséis pasos desde la esquina en la que te encontré aquella tarde de lluvia, todavía podía recordarlo.
Ya no me encontraba con fuerzas para seguir, apenas conseguía mantenerme dificultosamente en pie. Una ligera lluvia comenzó a golpear mi cabeza, todo el ruido de la calle pareció desaparecer por uno de los relámpagos que barrían el cielo, o tal vez solo era imaginación mía.
Intente desahogarme llorando, pero mi cuerpo ni siquiera parecía capaz de obedecerme para eso, una sola lagrima resbalo por mi mejilla mientras se confundía con las gotas de lluvia que corrían por mi cara.
Un traspiés, quizás una caída provocada, mi cuerpo tendido en el suelo mojado y un solo recuerdo, aquella sensación que no olvidare, el frío en el cuerpo y el vacío en mi pecho.
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