Volver a 1999, a los viajes en coche, con mamá y treinta grados de sol en la carretera. Con Bobbie McGee sonando en el radiocasette y con el ambiente cargado por nuestras voces que cantaban a pleno pulmón aquel inglés que no sabíamos.
Bocadillos de atún, papas y Coca-cola, sin bajar a estirar las piernas, sin preguntar adónde vamos ni cuándo llegaremos. Sin tener idea de qué nos depararía el futuro mañana. Jugábamos a ser inmutables y existir sólo en el presente. Y era divertido saber que lo importante era el trayecto, ¡nunca el destino!
Nos pintábamos los labios en lo semáforos, bailábamos con los brazos extendidos por fuera de las ventanillas, nos reíamos del tiempo y del mundo. Éramos libres: volábamos, reíamos y nos sentíamos niñas de nuevo. 

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