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El otoño andaba a corre-prisa, divagando por las calles, y me encontré una ciudad con olor a castañas asadas y miradas perdidas. Los pajarillos cantaban en las copas de los árboles y mi corazón pequeñito, atardecía junto a ellos. El aire tenía la melancolía de octubre y el encanto del frío. Y, todos ellos juntos, las hojas, el viento y también las voces de los niños, jugaban con mis pestañas y me hacían llorar.



Madrid me contó un secreto, dijo que las personas alegres son las que caminan despacio, notando las baldosas del suelo. Que las personas alegres sólo sueñan de noche (de día se dedican a vivir con intensidad). Y yo creo a Córdoba, porque tiene el color del iris bonito y una sonrisa enorme. Habla pocas veces y la visito de tanto en tanto, pero cuando voy me recibe con las avenidas abiertas, las luces apagadas y el amanecer sonrojado. Y si tengo suerte y decide hablarme, siempre es cosa de magia.

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