Llegábamos de trabajar y quedábamos desvestidos en la cocina, para hacer más fácil el juego. En seguida me cogía en volandas, me llevaba al cielo como un torbellino, bajábamos a la tierra de golpe y nos pasábamos el trayecto gritando de placer. Y toda la magia que nuestro sexo desprendía la utilizábamos para dejarnos caer en las sábanas y transportarnos en el tiempo.
Unas veces al futuro, con coches por el aire, rascacielos flotantes y noches visitando Venus. Otras, volvíamos a los cabarets y a la vida bohemia de París.
Pero el mejor de todos los viajes fue aquel de 1945, tú disfrazado de Don y yo de Lady, con vestido de dama y sombrero de copa. En la década de los carteles y los bancos, de las calles de madera y cristal.
Nos escondimos en una taberna, jugamos al póker y ganamos una fortuna suficiente como para hacer el amor con pololos y huir de allí en coche de caballos.
¡Menudos forajidos! Menuda mirada de ojos negros me clavaste haciendo el amor. Menudos labios de seda sobre mi cuello, menudas aventuras cada Jueves por la noche.
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