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El otoño andaba a corre-prisa, divagando por las calles, y me encontré una ciudad con olor a castañas asadas y miradas perdidas. Los pajarillos cantaban en las copas de los árboles y mi corazón pequeñito, atardecía junto a ellos. El aire tenía la melancolía de octubre y el encanto del frío. Y, todos ellos juntos, las hojas, el viento y también las voces de los niños, jugaban con mis pestañas y me hacían llorar.



Madrid me contó un secreto, dijo que las personas alegres son las que caminan despacio, notando las baldosas del suelo. Que las personas alegres sólo sueñan de noche (de día se dedican a vivir con intensidad). Y yo creo a Córdoba, porque tiene el color del iris bonito y una sonrisa enorme. Habla pocas veces y la visito de tanto en tanto, pero cuando voy me recibe con las avenidas abiertas, las luces apagadas y el amanecer sonrojado. Y si tengo suerte y decide hablarme, siempre es cosa de magia.

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A tu valentía, creo que comunmente se la conoce como MIE-DO.
Fue solo un segundo, una décima o milésima de segundo basto para darme cuenta de todo, lo entendí y no supe reaccionar.

Sentí como se me entumecía todo el cuerpo, comenzando por los dedos de los pies y llegando como un calambre que paseaba energético por mi espina dorsal hasta llegar a mi nuca.

Respiraba con dificultad, algo me oprimía fuertemente el pecho, era un dolor desagradable.

El olor a tierra mojada me confundía, iba tan deprisa que casi me olvidaba respirar, mis terminaciones nerviosas se encontraban adormecidas y el fuerte dolor de cabeza nublaba mi mente.

Me esforcé por mandar a mi cerebro la orden de que caminase, el recorrido aún era demasiado largo, si doscientos dieciséis pasos desde la esquina en la que te encontré aquella tarde de lluvia, todavía podía recordarlo.

Ya no me encontraba con fuerzas para seguir, apenas conseguía mantenerme dificultosamente en pie. Una ligera lluvia comenzó a golpear mi cabeza, todo el ruido de la calle pareció desaparecer por uno de los relámpagos que barrían el cielo, o tal vez solo era imaginación mía.

Intente desahogarme llorando, pero mi cuerpo ni siquiera parecía capaz de obedecerme para eso, una sola lagrima resbalo por mi mejilla mientras se confundía con las gotas de lluvia que corrían por mi cara.

Un traspiés, quizás una caída provocada, mi cuerpo tendido en el suelo mojado y un solo recuerdo, aquella sensación que no olvidare, el frío en el cuerpo y el vacío en mi pecho.